A propósito de “El despertar de la sociedad. Los movimientos sociales en América Latina y Chile”, de Mario Garcés

articulo_20130703191645_destacado-historiador-mario-garces-realizara-conferencia-en-quilpue_0A propósito de “El despertar de la sociedad. Los movimientos sociales en América Latina y Chile”, de Mario Garcés

O el rechazo a la revolución

Nicolás Miranda

En este libro Mario Garcés nos presenta, recorriendo definiciones sobre los movimientos sociales y algunos de éstos en América Latina y en la historia de Chile, a nuestro juicio, dos núcleos de ideas, y dos problemas.

Los dos núcleos de ideas son: Por un lado, el trayecto de los movimientos sociales: que nacen identificados con el movimiento obrero (y campesino) a fines del s. XIX, y que en la década de 1960 (en América Latina, en especial desde los ’80) surgen otros actores y se rompe esa identidad. Por lo que debe hablarse de viejos (movimiento obrero, campesinado) y nuevos movimientos sociales. La clave, está en la afirmación de que la constitución de movimientos sociales es una de las principales formas de hacer política.

Por otro lado, un análisis de las movilizaciones estudiantiles del 2011, planteando que abrieron una crisis de legitimidad  del sistema político, que si bien la transición había postergado las demandas sociales los movimientos sociales tienen sus propios tiempos, y que este 2011 los problemas sociales y políticos se superpusieron.

Los dos problemas son: Por un lado, las clases sociales vs. los movimientos sociales, la tensión entre lo social y lo político.

Por otro lado, el rechazo al marxismo, al análisis de clase, y al partido revolucionario.

Explica con lo que debe ser explicado: despolitizando y deshistorizando la historia de la lucha de clases

Garcés, a la idea de clase social, contrapone la de “la experiencia de los propios sujetos en movimiento” (p. 55). Y más aún, rechaza la idea de clase social: “se fue reconociendo que ‘en América Latina no existen clases puras, plenamente constituidas; que los sujetos sociales están adscriptos a múltiples posiciones que corresponden a diferentes capas sociales que se jerarquizan y ordenan según los conflictos y luchas sociales, culturales y étnicas vividas’.” (p. 56).

Estas afirmaciones las sostiene en la historia sucedida, que nos relata: “En todos estos casos, con revolución derrotada (Chile, Argentina, Uruguay) o revolución triunfante (Nicaragua) o sin revolución ad portas (Brasil) emergían nuevos actores sociales (…) Esta diversidad de grupos, actores o movimientos (cristianismo popular, pobladores, sindicalismo autónomo, etc.) trascendieron el paradigma de la revolución y comenzaron a dominar la escena en los ochenta” (p. 52).

El punto es que esto, que nuevos actores sociales comenzaran a dominar la escena, con lo que explica sus afirmaciones, es lo que debe ser explicado.

Estos nuevos actores sociales plantearon “nuevas temáticas”: la economía popular, las relaciones de género, los DDHH, etc. (p. 53).

¿Es que los otros actores sociales, no fueron parte de las luchas anteriores, con predominancia del movimiento obrero y los partidos marxistas? Si, lo fueron. El mismo Garces lo admite: tanto en los ’20 con el movimiento estudiantil, como en los ’50 con los pobladores, Garces plantea que para los partidos marxistas se produjo un “desajuste teórico”, que resolvió ajustándolos a su paradigma clasista: a los estudiantes los consideró “fuerza auxiliar” a los pobladores “ejército industrial de reserva”.  Es cierto. ¿Pero eso habla de un “desajuste teórico” o de un desprecio a estas capas sociales? Esto Retengamos acá un hecho, antes de entrar en la discusión: en la realidad misma, “otros actores sociales” eran parte de los procesos de lucha de clases, para seguir los ejemplos de Garcés: los estudiantes en los ’20, los pobladores en los ’50.

El marxismo ha discutido siempre el problema de la alianza –revolucionaria (o de colaboración de clases)- de clases. Una discusión de larga data, con dos posiciones básicas: una de hegemonía en cuanto alianza entre las clases, fracciones de clase y capas sociales explotadas y oprimidas –que propugnaron los bolcheviques y después Trotsky. La otra, de alianza entre clases sociales antagónicas (por ejemplo, entre la clase obrera y sectores progresistas de la burguesía) que es el uso reformista de la idea de “bloque histórico” de Gramsci, o la política de Frente Popular del stalinismo. El problema pasa por otro lado, como veremos.

¿Por dónde pasa? Por lo que no explica y debe ser explicado: ¿cómo se pasa de los ’60 a los ’80? O, puesto en términos de contenido: ¿cómo se pasa de la lucha por la revolución a la lucha por una diversidad de temáticas, “trascendiendo el paradigma de revolución”?

Retengamos acá otro hecho: se pasa de la lucha por la revolución, a la lucha por una “diversidad de temáticas”.

Esto es lo que Garcés no explica. Y es la clave para entender esta discusión.  No es –como vimos al ser parte los estudiantes, los pobladores, etc, tanto de de la lucha de clases como de la discusión de los marxistas sobre las alianzas- que “otros actores sociales” fueran ignorados o despreciados o lo que fuere, por los partidos marxistas y su punto de vista de clase. Lo que pasó es que lo que se alejó fue la lucha por la revolución. Y en su lugar, aparecieron una “diversidad de temáticas”. Es decir, los que siempre lucharon –ahora llamados “nuevos actores sociales”-, incluyendo a los tradicionales (el movimiento obrero), retrocedieron a luchas corporativas.

Porque fueron derrotados. Tanto por la ofensiva capitalista. Como también, por las estrategias y políticas de sus organizaciones (lo que acá no vamos a desarrollar). Esta es la explicación de este cambio, de este desplazamiento, del paso de los ’60 a los ’80.

Estos dos hechos, se transforman, en manos de Garcés, en dos afirmaciones: el rechazo a la idea de la centralidad de la clase social, el “desajuste teórico” del marxismo.

¿Cómo puede hacer esta transformación? Esta es su primera operación teórica[1]: despolitizar y deshistorizar la historia de la lucha de clases. Con una serie de hechos (los ’80, los “nuevos actores sociales”, la “diversidad de temáticas”) que da como explicación, y por lo tanto los naturaliza. Al no explicar de modo concreto una situación concreta: las derrotas. Y así, su análisis de los movimientos sociales, se transforma en un rechazo al marxismo, al análisis de clase, y al partido revolucionario.

Pero antes, dará un rodeo.

La separación entre lo social y lo político

Aunque Garcés afirma la superposición de lo social y lo político en el 2011, aunque afirma que la constitución de movimientos sociales es el modo de hacer política en América Latina, constantemente sostiene la tensión entre lo social y lo político: “Todavía, en este terreno de las relaciones entre los movimientos sociales y la institucionalidad política, los partidos políticos jugaron roles muy activos, razón por la cual para cierto sentido común de izquierda, estos son vistos como los verdaderos organizadores y conductores, restando importancia o consistencia a la propia acción de los sujetos populares movilizados” (p. 40). Y también: “Otra tensión de naturaleza distinta (…) tiene que ver con las relaciones que se han establecido entre las organizaciones sociales y los partidos políticos, relaciones variables de cooperación o imbricación recíproca, de autonomía o de dirección, también de cooptación, y en el peor de los casos, de manifiesta manipulación” (p. 75).

Es una leyenda. Tomemos uno solo de los ejemplos que da: el de los años de la UP. Y de acuerdo a su propio relato. Ante el paro patronal de octubre de 1972, hubo dos respuestas: la del “poder popular” y la de la izquierda. El poder popular fue la respuesta de “los grupos sociales populares”. Por su parte, la izquierda estaba dividida y no pudo articular “las lógicas y los ritmos del Estado versus las lógicas y los ritmos de los movimientos sociales”. Y se dividió “en un absurdo e insoluble dilema: ‘consolidar para avanzar’ o ‘avanzar sin tranzar’.” (p. 120). ¿Se trataba de algo absurdo? Muy lejos de eso, se trataba de la ruptura estratégica y política que se producía: un sector buscaba contener el renovado ímpetu revolucionario de las clases, fracciones de clase y capas sociales, evitar el salto revolucionario a la toma del poder; y otro sector (confusamente) buscaba avanzar en ese sentido. En ese “poder popular” que se ponía en pie, jugaron un rol protagónico los partidos y sus militantes. ¿Qué estaba sucediendo? Las clases sociales comenzaban a romper con sus direcciones históricas –centralmente el PS y el PC, también la DC. No era “lo social” vs. “lo político”. Eran estrategias y políticas, al interior de la izquierda, en choque ante la prueba de la revolución, y en el seno del movimiento de masas mismo, que no es que se desarticulaba de “lo político”, sino que comenzaba a superar a sus direcciones históricas, y a avanzar a nuevas estrategias y políticas que se encarnaban inicialmente en nuevas organizaciones políticas y construyendo nuevos organismos para la lucha de clases en condiciones de ascenso revolucionario (los Cordones Industriales –que no menciona-, los Comandos Comunales, etc.).

Por el contrario, Garces afirma que “los debates políticos devinieron entonces en debates ideológicos y de principios, mientras ‘la realidad’ seguía sus propios derroteros” (p. 120).

Esta afirmación, contrasta, una vez más, con los hechos: hubo partidos que pugnaron (confusamente, y tardíamente) por el desarrollo del poder popular como base de un nuevo Estado en una sociedad socialista, contra la política de contenerlo, que el mismo Garcés menciona: “las estrategias de contención que ensayaba Allende en el Estado, que una vez conjurada la fase crítica del ‘paro de octubre’ integró a un grupo de generales a su gabinete” (p. 120).

Así que esta es su segunda operación teórica: separar “lo social” de “lo político”.

Pero Garcés evita entrar en esta discusión de estrategias y políticas para sostener su afirmación de la separación entre “lo social” y “lo político”. De todos modos, una vez realizadas estas dos operaciones teóricas, introducirá su estrategia y su política, a la que sirve la afirmación de “lo social” vs. “lo político”.

El rechazo al partido revolucionario

Garcés, sin discutir estrategias y políticas, sino que desde su afirmación de “lo social”, plantea que los movimientos sociales tienen dos problemas y desafíos: el primero, desarrollar capacidades propias y producir cambios en las relaciones de poder para no terminar siendo dependientes del poder político institucional y agotar sus energías en sus confrontaciones (p. 143). El segundo, su autonomía y constitución de sus propias formas de representación social y política ya que, ante el descrédito de los partidos, su representación no debe quedar en manos de los partidos político (p. 145).

Entonces, viene aquí nuevamente una afirmación, que es la conclusión de su pensamiento aquí desarrollado y sus operaciones teóricas: el rechazo al partido revolucionario.

¿Por qué? Por tres razones: 1- “se trata de una historia conocida” (p. 146), que fue derrotada. 2- por su problema de relación de representación (ya que no tuvieron problemas de debilidad ideológica ni de falta de voluntad revolucionaria) (p. 147). 3- su axioma de revolución bolchevique, que “condujo al Partido-Estado” (p. 147).

Nuevamente, da aquí por explicación lo que debe ser explicado: ¿por qué fueron derrotados los procesos revolucionarios? Aquí, se necesita una explicación concreta de las estrategias y políticas que los condujeron. No la da. ¿Por qué se burocratizó la revolución rusa? Aquí se necesita una explicación concreta también, que tampoco da.

Por el contrario, para el desarrollo de “formas de representación social y política” hay choque de estrategias y políticas. Los revolucionarios tomamos la experiencia misma de la lucha de clases y las transformamos en programa, estrategia y política. Los trotskistas del PTR planteamos la lucha por la auto-organización (que en la historia ha tomado, en forma desarrollada o embrionaria, diversas formas: los soviets en Rusia, los consejos obreros en Italia, las coordinadoras inter-fabriles en la Argentina, los cordones industriales en Chile, y un largo etcétera), y dentro de los organismos de auto-organización, la lucha por un partido revolucionario para que pasen de organismos de lucha y unidad de los explotados y oprimidos a órganos de la lucha por el poder. Los reformistas enfrentan estas tendencias, y las políticas que luchan por desarrollarlas.

Esto lo pudimos ver en la lucha del 2011. Y Garcés pasa de esta afirmación teórica con la que concluye, a su ilustración concreta: para el 2011 plantea que “La experiencia de la CONFECH es altamente interesante y novedosa, a propósito de las cuestiones relativas a la representación, ya que ha significado para los estudiantes universitarios hacer un ejercicio democrático de articulación, debate y toma de decisiones de diversas federaciones estudiantiles. Por cierto, aquí los partidos políticos no están ausentes, pero las principales decisiones acerca del movimiento no las toman los comités centrales o las direcciones de los partidos, sino que una instancia de representación plural de los propios estudiantes” (p. 149).

Y también aquí podemos contrastar sus afirmaciones, sus tres operaciones teóricas, con los hechos: reivindica la CONFECH. En primer lugar, el mismo debe admitir el protagonismo de los partidos políticos. Y sobre la incidencia de “los comités centrales” lo mejor es que pregunte a cualquier estudiante su opinión al respecto: y es que ese no es el punto: sí tiene incidencia, sólo que debe someterse a la votación de ese organismo, lo que decíamos más arriba de que se debe probar ante un proceso de lucha de clases. Pero esto no es todo: la CONFECH actuó como un organismo burocrático: no hay más que seguir las discusiones que la prensa (estigmatizando) planteó como división entre “ultras” y “moderados”, que mantuvo dividida la lucha entre secundarios, universitarios y profesores y trabajadores en general. Por el contrario, una organización política, el PTR, planteó una política alternativa: que la CONFECH funcione en forma abierta y en base a delegados de base y revocables y se constituyera una Asamblea General de Lucha que uniera a universitarios, secundarios, profesores y trabajadores en general.

Así, una organización política planteó el desarrollo de organismos propios de “lo social”, mientras que un defensor teórico de “lo social” vs. “lo político” y en particular el marxismo, el análisis de clase y el partido revolucionario, pone como ejemplo un organismo burocrático.

De este modo, las tres afirmaciones, tres operaciones teóricas, terminan en lo contrario de lo que afirman.


[1] La llamamos así porque mediante una afirmación –en este caso una descripción de una serie de hechos históricos- lo que hace es introducir otra –la incapacidad del análisis marxista de clase, el desajuste teórico del marxismo-, que no necesariamente se desprende de ella.

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